El Arte de la Vida

por Leonardo Croatto
Director de la Escuela Universitaria de Música
Ex-coordinador del CDM y actual miembro de la comisión honoraria

Despedimos en el día de ayer a uno de los fundadores de este centro, el “profe”, como le decíamos con afecto en el grupo de trabajo que tuve el honor de integrar junto a Coriún Aharonián, Hugo García Robles y David Yudchak.

El CDM aún no tenía sede, y nos reuníamos en la casa de Vidart los domingos de tarde. Nos esperaba cálidamente con el té pronto, masitas y sandwiches. Pero su cordialidad y generosidad se expresaban además, y sobre todo, en las extensas charlas que antecedían y se mezclaban con los asuntos a resolver, verdaderas clases magistrales en las cuales, por ser el más joven del equipo, me sentía como un alumno, a quien las sabias palabras del “profe” iluminaban los aspectos más desconocidos de cualquier tema que uno pudiera imaginar, en disfrutables paseos a través del tiempo y el espacio, la historia y la geografía del mundo.

Así hablara de la realidad nacional o de la esencia del ser humano, lo hacía siempre con una gracia formal en el lenguaje y una erudición en los contenidos que parecían alejarnos de los temas a considerar (a veces con urgencia). Sin embargo, de manera inesperada, en algún momento del relato, el profe vinculaba la anécdota con la actualidad, y explicaba porqué había un nexo entre “el cuento que les acabo de contar” y lo que debíamos resolver, y nos pedía disculpas aclarando que “habiendo vivido tanto, siempre hay algo interesante que vale la pena recordar”.

Daniel Vidart había trabajado con Lauro Ayestarán, y lo mencionaba con profundo respeto y gran afecto, el mismo respeto que expresaba hacia la tarea de crear el CDM, para honrar y continuar el trabajo de Lauro, el mismo afecto que irradiaba y despertaba su personalidad, su carisma.

También se respiraba en esas reuniones la responsabilidad que se va traspasando de generación en generación (y que se siente con más fuerza en el momento de las despedidas), esa responsabilidad que ya están asumiendo los más jóvenes, que hoy integran con entusiasmo el equipo de trabajo del CDM, y los que vendrán, a quienes debemos abrir camino con el mismo respeto y el mismo cariño hacia el trabajo que recibimos, y seguimos recibiendo, a través de la obra que dejan nuestros maestros, generosamente. Y cuando digo “nuestros maestros” pienso en un “nosotros” amplio y plural, colectivo.

Personas como Daniel Vidart, como Coriún, son parte del mismo patrimonio al que pertenece el acervo musical que el CDM preserva y difunde, su extensa obra nos pertenece y enorgullece a todos, porque es un regalo que generosamente nos han entregado a lo largo de sus vidas, no sólo a través de los libros que hemos tenido el placer de leer, sino también por el ejemplo mismo de esa vida intensa, y el arte de vivirla, en el que también fueron maestros.

Al “profe” le encantaban los giros de palabras, por eso creo que no se ofendería si leyera que me permito jugar con su apellido y decir que para mí decir Vidart es pensar en el “Arte de la Vida”. Gracias Daniel. Hasta siempre, querido Profe.