Semblanza de Amalia de la Vega

por Rubén Olivera [1]

La dependencia económica y cultural de países de mercado pequeño hace que muchas veces se tienda a consumir solamente oldies ajenos. El interés por Amalia de la Vega se disparó en Uruguay a partir de que la Comisión de Patrimonio del MEC (CPCN) denominó a las jornadas 2019 “La música en el Uruguay. Cien años de Amalia de la Vega”. Los valores artísticos de Amalia de la Vega son un buen ejemplo de lo que ocurre con bienes culturales de calidad que tardan en ser visualizados, reconocidos en forma masiva, celebrados, e incluso retomados por los músicos para establecer una línea de continuidad identitaria.

Amalia de la Vega (María Celia Martínez Fernández) nació un 19 de enero de 1919 en Melo, Cerro Largo, y falleció un 25 de agosto de 2000 en Montevideo. Lo primero que llama la atención al escucharla es la belleza de su voz y su gran técnica vocal. De ahí la sorpresa cuando se la oye comentar que nunca estudió canto. Pero el asombro mayor llega al constatar que es muy poco conocida entre los uruguayos a pesar de su extensa obra – más de veinte discos en distintos formatos, aunque con solo dos CDs del sello Sondor editados a la fecha [2] – y de su fuerte presencia en los medios de difusión en distintas etapas. Colabora con este desconocimiento su antidivismo y proverbial timidez que la mantuvo alejada de los escenarios por largos períodos hasta el definitivo adiós de los ochenta, veinte años antes de su muerte.

Además de cubrir un significativo repertorio latinoamericano Doña Amalia musicalizó una gran cantidad de textos de poetas uruguayos (como Juan Burghi, Juana de Ibarbourou o Sylvia Puentes de Oyenard, y entre los “nativistas”, especialmente Tabaré Regules). Sus musicalizaciones son generalmente “por milonga”, pero también se interesó en otros géneros criollos locales como la vidalita, el estilo y la cifra. Realizó las versiones más convincentes que se conocen de canciones compuestas por músicos “nacionalistas” (Eduardo Fabini y Luis Cluzeau Mortet, entre otros). Y hasta llegó a musicalizar algunas letras de su autoría: Historia del Tacuarí, Mi canción de cuna, Hojita y Mi sentir. En su camino recibió el apoyo de importantes músicos como la pianista Beba Ponce de León y el pianista y compositor Walter Alfaro. A todo esto se suma su “legado” a Alfredo Zitarrosa: la sonoridad del conjunto de guitarras que la acompañaba, ya que algunos de sus instrumentistas pasan a mitad de los sesenta a tocar con Don Alfredo. Quizás, en otra situación histórica podrían haber sido las guitarras “de Amalia”, en vez de las guitarras “de Zitarrosa”, aunque la tradición de guitarristas-guitarreros tocando solos, a dúo, trío o cuarteto, tiene una historia previa –recuérdese al propio Néstor Feria- y paralela a la masividad lograda a través del potente eje zitarrosiano.

En 1942 debuta en la fonoplatea de radio El Espectador donde canta sin público, para pasar a la fonoplatea de Radio Carve, ya con público presente. En 1949 realiza su primera grabación para Sondor registrando dos canciones, Cerro Largo (vidalita) [3] y Totora (estilo), en disco de 78 rpm. Con el tiempo también grabaría para Antar, Antar-Telefunken y Orfeo en Uruguay y para RCA en Argentina.

Fue una tenaz difusora y fina intérprete de los géneros locales, asociando su nombre a conceptos como criollismo y nativismo. En distintas entrevistas la cantante cita al musicólogo Lauro Ayestarán como uno de sus referentes y, a partir de esta influencia, manifiesta su resistencia a ser llamada “folklorista” de acuerdo a los estándares de la industria argentina del momento [4]. Y como nada es casualidad, cuando un periodista conseguía llegar a las preguntas justas, la Amalia que se decía tímida y monosilábica declaraba con precisión y firmeza “… en mi casa [con los músicos] ensayábamos hasta que saliera todo como lo había ideado, como me gustaba. Si hacían firuletes, ya no me gustaba” [5]. En varias entrevistas manifestó su gran admiración por la exuberancia discreta del modelo estético que fue Carlos Gardel. Y agregaba, refiriéndose a la manera de cantar, “Muchos dicen que su ídolo es Gardel. ¿Por qué no llegan entonces a esa sencillez?” [6]. Al igual que su admirado Carlos Gardel, Amalia de la Vega sentó precedentes de calidad sobre los cuales seguir construyendo modelos de identidad en nuestra música.

 

[1] Algunos conceptos de este texto se encuentran en la nota La exuberancia discreta de la cantora, escrita por Rubén Olivera para el Almanaque del Banco de Seguros del Estado, 2010, con la coordinación de Inés Bortagaray.

[2] Ver discografía elaborada por el CDM.

[3] En algunas grabaciones posteriores será mencionada como Vidalita del Cerro Largo.

[4] Amalia de la Vega grabó Mi rebenque plateao y Memorias a Artigas, recopilaciones hechas por el musicólogo.

[5] “La voz magistral de lo Nativo”. Entrevista de Carlos Cipriani a Amalia de la Vega, El País, Montevideo, 4.iv.1999, p. 15

[6] En entrevista ya citada.

 

Introducción a la discografía de Amalia de la Vega
Discografía por lugar de grabación o edición
Discografía por fonograma
Grabaciones fuera del circuito comercial
Composiciones