Sobre Lauro Ayestarán

por Daniel Vidart
Antropólogo
Presidente de la Comisión honoraria del CDM

Cuando se evoca la memoria de los héroes culturales, a los que pertenece Lauro Ayestarán, la cuenta de los años que van desde su nacimiento en el 1913 al de su muerte en el 1966 escapa a la geometría lineal del tiempo, ese andante demiurgo del espacio. En efecto, hay otro tiempo distinto al cronológico, un tiempo que se evade del calendario y se hace memoria e historia en el itinerario biográfico de la persona. Se trata del tiempo vivido, del diálogo existencial entre el ánima de la sensibilidad y el animus del espíritu, entre el Yin del afecto y el Yang de la inteligencia. El tiempo del almanaque se congela en los números de los documentos de identidad, en las fechas que pautan una peripecia vital, en la fría evocación de las lápidas. Este otro, el tiempo vivido por los hombres de estatura virtuosa y valentía intelectual, dones que caracterizaron a la figura y al genio de Lauro, arde como un fuego sagrado, ilumina los pasos de quienes, como pedía Goethe, procuran ir de lo oscuro a lo claro, transitando desde las tinieblas de lo desconocido a la luz de lo revelado.

Lauro Ayestarán manejó como pocos esa felicidad que se llama poiesis, que en griego significa creación. Fue músico rigurosamente formado y, sobre todo, musicólogo de campo, que, movido por una heroica vocación favorecida por la voluntad, viajó por las tres comarcas de la música tradicional, popular y académica (a la que se llama culta por consuetudinaria inercia, dado que no hay sociedad sin cultura, ni grupo humano sin cosmovisión propia, ni signo visible sin resonancia simbólica). No fue Lauro un compositor musical o un instrumentista insigne. Tempranamente se declaró un buscador de tesoros, un taumaturgo que supo arrebatar al olvido las voces perdidas, las melodías marchitas, los cancioneros de la ruralia despreciada. Pionero absoluto, recuperó la música sumergida en las lagunas del folclore, el canto popular de las orillas, las partituras coloniales de grandes y pequeños compositores, las notas de esa mágica urdimbre sonora que la historia, a un tiempo, esconde y muestra. Pero ese rescate supuso una tarea denodada. Cargando grabadores de peso descomunal trilló caminos rurales, visitó pueblos mortecinos, se instaló en los ranchos, patrulló los mundos suburbanos. Allí estaban los guitarreros, los acordeonistas, los viejos decidores de romances viejos, los cantores de voces desentonadas, unas aguardentosas, otras carcomidas por la vejez. Lauro fotografíaba a los protagonistas, tomaba nota de todo cuanto concernía, desde el punto de vista musicológico y antropológico, a las cifras antiguas, a las vidalas nocturnas, a los relatos de antiguos fogones, donde los payadores trenzaban y destrenzaban sus contrapuntos. Una labor que desconcierta por lo gigantesca, que sorprende por lo exacta, que conmueve por los sacrificios demandados al recolector incansable. Pero no paró en esos trabajos la tarea autoimpuesta por aquel Hércules intelectual. Fue Lauro un profesor eminente, claro en los conceptos, incisivo en sus definiciones, múltiple en su circulación por todos los pisos de la casa pedagógica, desde la enseñanza elemental, mucho más importante de lo que se piensa, a la superior, ejercida en la Universidad, prodigada fuera de fronteras, reconocida como excepcional en todos los casos. Hurgaba activamente en el pasado. Compró, puntualmente, en la feria de los domingos, todo tipo de partituras, desde los tangos arrabaleros hasta los valsecitos criollos, desde las veloces mazurcas hasta las producciones de los pequeños y los grandes maestros, a veces escondidas en sus amarillentos originales. El edificio musical, para cobrar carácter y sentido, necesita esos ladrillos de la mal llamada artesanía popular, porque si no sería imposible que se lucieran los vitrales de los consagrados artistas.

Pero este hombre inquieto, curioso, movido por aquel antiguo asombro que dio luz a la filosofía, era también un investigador de primera agua. Investigare en latín significa seguir las huellas, los pasos de los hombres y sus obras. Fruto de esa búsqueda certera, tenaz, practicada con singular puntería, que no se detuvo en lo accesorio, que siempre acertó en el blanco de lo valioso y lo verosímil, fue su producción escrita, recogida en libros imprescindibles en su necesidad e inimitables en la calidad del mensaje y lo exacto de la escritura. Ya había adiestrado como periodista, como temprano poeta, como crítico teatral, cinematográfico y musical, ese ojo de fina mirada, ese estilo de ceñida pulcritud que caracteriza a sus obras. Y de tal modo fueron editadas, a partir de su primer libro, dedicado a Domenico Zípoli, contribuciones muy valiosas dedicadas a las expresiones, y no solamente musicales, de los indígenas, de los remanentes afro uruguayos, de los obreros y difusores del tango, de la música de teatro, de salón, de carácter profano y destino religioso. De toda esa intensa producción se destaca una obra monumental, por momentos increíble, no solo por la amplitud y excelencia de su contenido sino por ser el producto de un hombre tironeado por múltiples obligaciones, por exigentes tareas, por compromisos que no pudieron menguar la autoridad de los dichos y la responsable eficacia de los emprendimientos. Me refiero al ciclópeo tomo 1º de La música en el Uruguay, que iba a ser continuado por otros dos que no pudo completar porque se les adelantó una muerte madrugadora, fulminante y cobarde. Los héroes mueren jóvenes, y el talento y voluntad de obra de Lauro tenían la frescura de una juventud que se espejaba en sí misma, que no pudo ser vencida por el tránsito fugaz de una criatura sacada a traición del aire del mundo.

En su tiempo fue ampliamente reconocida, dentro y fuera del país, la obra casi sobrehumana de este hombre ejemplar. Pero quiero detenerme, antes de finalizar esta brevísima semblanza, y por ello injusta para con los merecimientos de Lauro, en el ser moral de aquel querido y admirado amigo y maestro que, como yo, descendía de vascos – él de los del sureño Hegoalde, yo de los del norteño Iparralde – y con quien conversaba a menudo, largamente, en el acogedor ambiente de su biblioteca, una de las consideradas mejores del mundo en su género.

Lauro era un hijo de la verdad. Un hombre puro y duro en su oficio de convivencia auténtica con el otro, en su papel de mentor hogareño, en su darse de camarada leal. Enseñaba con la palabra y el ejemplo. Era insobornable. No separaba la libertad de la justicia. Defendía sus convicciones sin imponerlas. Sabía catalogar con criterio infalible y resignación melancólica a los arribistas y a los farsantes. Era un honesto cristiano, y le gustaba caminar sobre el rocío matinal de los evangelios antes que por los mármoles de la crepuscular y autoritaria infalibilidad. Tenía la recatada modestia de los que supieron, intrépidamente, internalizar el “conócete a ti mismo” del Oráculo de Delfos. Abusó de su cuerpo y de sus clarividentes facultades mentales, de su arquitectura mortal y de su coraje generoso. Quiso recoger y dar tanto que sobrepasó la humana resistencia. Escogió el martirologio de un trabajo excesivo que al final acabó con uno de los hombres más dignos, más sabios, más desinteresados que yo he conocido en mi ya larga vida.

Hoy estamos reunidos en derredor de los fragmentos materiales de su obra que, gracias a la comprensión reparadora y conciencia patrimonial de la Ministra de Educación y Cultura, Ingeniera María Simón, podremos convertir en una dinámica fabrica de cultura en movimiento, en una memoria activa, desdeñosa de los fósiles museográficos.

Y he aquí que de pronto advierto que no estamos rindiendo homenaje a un desaparecido héroe del espíritu que se nos fue de entre las manos y los corazones. Sabemos, sentimos, que está ahora entre nosotros, clara su mirada, suave su voz, presente aquella actitud cordial que se prodigaba hacia el Otro: el discípulo, el amigo, el ciudadano de a pie. Lauro nos acompaña, nos aprueba, nos agradece, nos palmea, como antes, en la espalda. Veo su sonrisa volando con las alas de un pájaro.